viernes, 18 de febrero de 2011

VOTO CONSCIENTE

Escribe: Oscar Loayza Azurín

Es una constante por lo menos hasta ahora en nuestro país que una vez elegido un congresista a través del voto democrático, al poco tiempo de asumir el cargo -salvo honrosísimas excepciones-, pierde inevitablemente legitimidad, recibiendo durante su mandato una andanada de críticas y hasta insultos que van minando su imagen, hasta convertirlo en un sujeto despreciable y -lo que es más grave- tornando a la democracia en frágil, precaria.

Son variadas las razones para que esto ocurra, partiendo de la decisión del partido o la agrupación política que presenta al candidato, en la que como factores determinantes se tienen las relaciones del postulante o el poder económico que él ostenta, desdeñando su trayectoria, capacidad o su probidad que debían ser las condiciones imprescindibles para tener un parlamento decente, pasando luego por una desconexión con su electorado, pues su comunicación generalmente solo se circunscribe a su círculo de amigos o familiares que son los receptores de sus influencias. Abona aun más al debilitamiento de la imagen de este poder del Estado, que tiene como funciones fundamentales la representación y el control, el pobre desempeño del propio congresista, pues, haciendo mal uso de las prerrogativas que la ley le otorga, se convierte -arrogante él-, en un hombre superpoderoso que puede virtualmente hacer lo que le venga en gana, como, por ejemplo, abandonar la bancada con la que fue elegido para irse a otra, no reconocer al hijo o a la hija aduciendo increíblemente que la niña es gordita, adulterar facturas para justificar sus gastos operativos, contratar a sus amantes con cargo a la planilla del Estado, entre otras “perlas”.

Claro que somos conscientes que esto es el reflejo de la escasa institucionalidad del Estado, en el que la mejor manera de “salir de pobres” es vivir medrando a expensas de la caja fiscal, parcelando la Administración Pública para colocar ahí solo a los allegados de quienes detentan el poder, dejando de lado a valiosos jóvenes que, pese a ser talentosos, seguirán “pateando latas” por no tener un “padrino” que les permita acceder por mérito propio a un trabajo digno, alentando igualmente la corrupción que va avanzando a pasos agigantados, sin que los organismos llamados a combatirla -llámese Contraloría o Ministerio Público o Poder Judicial- lleven a cabo una labor eficaz, cobrando así la impunidad carta de ciudadanía.

Igualmente, la agenda del Legislativo no responde necesariamente al debate o al análisis de aquellos asuntos que realmente interesan al país, sino a lo que le importa a la agrupación política gobernante, viendo la nación, estupefacta, cómo se hacen ahí los grandes “negociados” para favorecer a determinados grupos de poder, a fin de convertir en leyes aquellas propuestas que han sido previamente tratadas en charlas misteriosas realizadas fuera del recinto parlamentario. Caso Petroaudios, por ejemplo.

Hoy, una vez más, estamos los ciudadanos enfrentados a un festín de candidaturas y a un festival de ofertas. Los partidos políticos, ignorando increíblemente los orígenes de la crisis que desde hace varias décadas afecta a la democracia en nuestro país, siguen en lo mismo: están llevando de candidatos -siempre con honrosas excepciones- o a tránsfugas o a los que tienen más dinero o mayores influencias, sin que les importe un comino que ellos tengan una hoja de vida manchada de corrupción o que no estén mínimamente preparados para manejar situaciones complicadas. Los valores democráticos están simplemente ausentes. Las promesas demagógicas, solo con cálculos electorales, no están viendo sensiblemente el horizonte sino el escenario cercano que les permita sacar el máximo provecho de una coyuntura que les resulte propicia para seguir haciendo de las suyas, sin el más mínimo respeto al ciudadano y al país.

Entonces, para poner atajo no solo a esta realidad que nos atosiga sino también a las continuas quejas que dicen mucho de la calidad de los llamados “padres de la patria”, es hora que nosotros los electores adoptemos una postura analítica y fría, sin apasionamientos, para llevar al próximo Congreso a postulantes -que, aunque pocos, felizmente sí los hay en algunas de las listas en actual campaña-, que vayan a trabajar por el país, antes que por defender sus particulares intereses.







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